La adolescencia y sus desafíos

Muchos padres llegan a la consulta psicológica buscando respuestas acerca de cómo hacer para lidiar con su hijo adolescente. De repente, dicen, la casa se ha convertido en un ring de boxeo, y no hay un día que transcurra sin algún enfrentamiento. Llegan cansados, abatidos por los continuos desafíos, sin saber qué contestarles ni cómo ponerles límites a estos niños que de pronto parecen haber crecido y pretenden llevarse el mundo por delante. Una de las formas de empezar a lidiar con los adolescentes, es poder entender de qué se trata este momento.

De niño a adulto

La adolescencia es un período de cambio, de transición, a lo largo del cual el sujeto pasa de una posición de niño, a elaborar aquellos trabajos psíquicos que le permitirán devenir un adulto. La adolescencia es el resultado de un cruce complejo entre lo que sucede en el cuerpo, en la mente y la cultura que lo rodea. Ubicada como lugar de tránsito entre la infancia y adultez, la adolescencia se apoya sobre los cambios corporales: el cuerpo crece, se desarrollan los caracteres sexuales secundarios, aparece la capacidad de tener hijos. Ya no pueden verse como los niños que eran, porque el espejo les devuelve otra imagen, y su cuerpo les demuestra que definitivamente algo está cambiando para siempre. Esto produce mucha perturbación y obliga al niño a situarse fuera de su posición infantil. Deben empezar a comportarse como jóvenes y esto requiere de mucha práctica.

En la adolescencia se complejizan además el pensamiento y el universo emocional, aparecen los intereses por el sexo, y se producen nuevas formas de vincularse con el otro. Se afirma la identidad sexual de cada uno, y hay una salida exogámica (fuera del grupo familiar) mucho más importante que en la niñez, donde el grupo de pares (amigos) cobra una importancia esencial. Francoise Dolto, médica y psicoanalista francesa, planteaba que la adolescencia es un segundo nacimiento.

Contra los padres: de héroes a viejos

En la adolescencia, se produce un movimiento de sustitución generacional: el niño deja de ser niño para convertirse en hombre, y deberá entonces “derrocar” a sus padres. La confrontación con los padres, y la crítica de todo lo heredado son su principal característica. Esto conlleva mucho desafío y angustia. Los padres dejan de ser aquellos grandes héroes para pasar a ser “los viejos que no entienden nada”. Sin embargo, es importante saber que durante la adolescencia es indispensable la función de sostén de la familia y la sociedad, que el adolescente usará mucho a su familia, si es que la tiene, y que los adultos no deben renunciar a este trabajo. Crecer es un acto agresivo, y los padres tienen que poder aguantarlo.

Ideales e identidades

La adolescencia constituye un momento de reorganización identificatoria, momento de incertidumbres e interrogantes respecto a la propia identidad. El adolescente se pregunta: ¿quién soy? ¿Quién quiero ser? Entonces comienza a buscar parecerse a diferentes personas, generalmente personas que poseen atributos diferentes a los que encuentra en su familia. El adolescente busca diferenciarse de sus padres y va al encuentro de nuevas identificaciones: el grupo de amigos, la “banda”, el grupo de rock favorito, etc.

En estos tiempos, el adolescente empieza a construir su propio proyecto identificatorio: más allá de lo que papá y mamá querían para mi, para mi futuro, ¿qué es lo que yo quiero para mi? ¿Qué quiero hacer de mi vida? Sostener un proyecto propio y poder desplegarlo requiere de otros, no sólo familiares, otros amigos, otros jóvenes adultos a los que imitar, profesores “copados” que los entienden, espacios culturales donde su creatividad encuentra un rumbo, instituciones en las que el adolescente encuentra un lugar en el que puede seguir creciendo en lo que él quiere. El caso es que a veces, estos rumbos no siempre coinciden con los que sus padres habían fantaseado para este niño-joven y esto provoca miedo, enfrentamientos, incertidumbre.

¿Qué hacer?

En primer lugar, comprender que es un camino largo y complejo que los hijos deben atravesar, que lleva su tiempo y que hay que “aguantar”. El adolescente adolece, sufre en este camino y aunque no lo parezca, necesita mucho de la contención familiar. Necesita de unos padres fuertes que puedan “bancarse” los enfrentamientos, los enojos, y que no se muestren abatidos. Esto no significa que a todo lo que quieran hacer haya que decirles que no. Tampoco hay que creer que precisan de un “padre amigo” que los deje hacer todo lo que quieran y que se comporte como el compinche de su hijo. El padre amigo, que no ofrece enfrentamiento posible, no permite que su hijo lo derroque de su lugar de adulto, y esto trae consecuencias.

De a poco, escuchándolos y usando el sentido común, se van generando ciertos acuerdos que permiten ir transitando este momento con un poco menos de dramatismo. Si los padres se sienten desbordados y no parecen encontrar una salida, a veces la consulta a un profesional que los oriente y los acompañe es una solución que los tranquiliza y los fortalece en su rol.

 

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