“Mi hij@ no miente”

Varias veces he escuchado esta frase de madres que llegan al consultorio o a la entrevista escolar: “mi hijo no miente”. Esta frase suele venir acompañada de otras parecidas: “mi hijo no es así” o “ese no es mi hijo”. Este tipo de frases absolutistas e ideales siempre suenan preocupantes, y en general, vienen asociadas a un niño que está teniendo problemas.

La mentira es un logro en el desarrollo de un niño. El niño se percata primero de que es una persona diferente y separada de su madre, pero sigue pensando que su madre todo lo sabe y todo lo puede. Hasta que llegado cierto momento, alrededor de los 3 años, descubre que puede pensar algo sin que nadie más lo adivine. Y que si hace algo pero nadie lo vio, puede decir que él no fue el responsable. Descubre en síntesis, que puede mentir, y comienza a practicar esta nueva habilidad adquirida, con placer.

“La habilidad para distorsionar la verdad es un hito en el desarrollo, muy similar a aprender a caminar y a hablar. Las investigaciones conducidas por Kang Lee, un psicólogo académico de la Universidad de Toronto, demuestran que en los niños precoces las mentiras aparecen muy pronto. Entre los niños de 2 años que saben hablar, un 30% trata de engañar a sus padres directamente frente a sus ojos en algún punto. A la edad de 3 años, un 50% lo intenta con regularidad. Mentir se vuelve común en un 80% de los niños de 4 años, y aparece en virtualmente todos los niños sanos de entre 5 y 7 años.” – Susan Pinker, Wall Street Journal

El adulto se encargará de enseñarle que es importante decir la verdad, que es necesaria para construir la confianza, le enseñará el valor de la honestidad, y la responsabilidad sobre sus actos… aunque éstos son logros que pueden llevar toda la vida desarrollar.

Los niños mienten, si. Y es esperable que así lo hagan. Lo preocupante sería encontrar un niño que no puede mentir, porque implicaría que algo en su normal desarrollo fue obstaculizado.

Muchos padres, con buena intención, con un interés genuino en criar hijos honestos, se vuelven “demasiado presentes” en la vida de sus hijos. ¿Demasiado presentes? ¿Es eso posible? ¿Es algo negativo? La verdad es que si. Son padres que acompañan a sus hijos a todas partes para que nada se les pierda de vista, les preguntan todo lo que hicieron cuando estuvieron lejos de ellos (como en la escuela), saben todo de todo. Son como esos padres que todo niño tenía a los 2 años, el padre omnipotente, omnisapiente. Estos padres necesitan controlarlo todo para quedarse tranquilos de que todo saldrá bien, de que sus hijos se comportarán como es debido y se alejarán de las malas decisiones.

El lugar para el error está entonces anulado, y a veces, hasta prohibido. El hijo vive esto como una presión inmensa, un “deber ser” que nadie, ni siquiera un adulto, podría alcanzar nunca. Después de todo, ¿qué adulto podría afirmar que NUNCA miente? Lo cierto es que a veces le pedimos a los niños cosas que ni un adulto podría cumplir.

Y como el niño está ante un ideal imposible, al contrario de lo que el adulto pretendía generar, lo empuja a hacer las cosas a escondidas y a mentir.

Tampoco vamos a avalar la mentira, a ignorarla, o a premiarla ¿Qué hacemos entonces?

  1. Lo primero que hay que tener en cuenta, es que los niños aprenden principalmente por imitación. Ser un buen modelo de honestidad es un gran primer paso.
  2. Como sabemos que es algo esperable, nos alegramos del logro que ha alcanzado nuestro hijo, porque es un avance en su desarrollo psíquico.
  3. De los 3-5 años, podemos cuestionar algunos relatos que nos presentan, tratando de desarmarlos con algunas preguntas, y riéndonos de algunas afirmaciones que nos parezcan disparatadas. Pero tampoco nos empecinamos en que el niño se corrija, ni le decimos que nos está mintiendo. Muchas veces el niño ríe porque sabe que está inventando algo y que está habilitado para ello.
  4. Le enseñamos el valor de la honestidad para construir la confianza, no en el momento en que nos está relatando algo no verídico, sino en otras oportunidades. “Si Martín no le dice la verdad a su mamá, su mamá no puede confiar en él”, “ “ si un amigo nos miente, nos va a resultar más difícil volver a creerle”. El típico cuento de “Pedrito y el lobo” es un éxito para trabajar esto.
  5. Frases de aliento como: “gracias por contarme lo que pasó”, “necesito saber qué pasó para poder ayudarte”, “lo que me cuentes quedará entre nosotros dos”, “confío en vos, se que vas a decirme la verdad”, ayudan al niño a querer contar las cosas como realmente sucedieron.
  6. Enseñamos a manejar las emociones cuando algo no sale como queremos, para que no tenga que recurrir a la mentira para maquillar el fracaso.
  7. Aceptamos los errores como maravillosas oportunidades para aprender. Si miente, no lo etiquetamos como mentiroso, le volvemos a repetir lo importante que es decir la verdad, le pedimos que la próxima vez nos cuente las cosas como sucedieron, para que podamos confiar uno en el otro.
  8. No nos mostramos con temor o aversión a la mentira porque esta actitud extrema, no invita a los niños a reconocer la mentira, por miedo a perder el amor de sus padres.
  9. Aceptamos que no podemos controlar todo, y que el control invita siempre a la rebeldía. Confiamos en cambio, en que estamos criando a un niño equilibrado que aprende de sus errores y que sabrá manejarse cada día mejor en su vida. Que los padres confíen en sus hijos, los habilita a los hijos a creer en sí mismos.

 

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Lic. Natalia Guerendiain

natigueren@gmail.com

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